| 12/3/2019 4:59:00 PM

Paro nacional o una fiesta por la vida (pero mejor)

¿Se puede pensar la deriva festiva del paro nacional desde la construcción de nuevas formas de afectividad y no como una dilución del propósito inicial de las manifestaciones? El crítico Pedro Adrián Zuluaga reflexiona sobre las múltiples formas de interpretar la “carnavalización” de las protestas en Colombia.

En la Noche de Tambores en la calle 85 de Bogotá, ciudadanos se encontraron en torno a la música y el baile para protestar durante el paro nacional. Foto: Esteban Vega. En la Noche de Tambores en la calle 85 de Bogotá, ciudadanos se encontraron en torno a la música y el baile para protestar durante el paro nacional. Foto: Esteban Vega.

En la mañana del jueves 28 de noviembre, los grandes medios, termómetros del sentir del establecimiento, celebraban con gran entusiasmo lo ocurrido el día anterior en el Parque de los Hippies de Bogotá, por cuenta de un grupo de músicos conducidos por el maestro ruso Guerassim Voronkov. En la tarde del miércoles 27, en un parque que se ha vuelto central para las manifestaciones del paro nacional, se escuchó desde “Colombia, tierra querida”, de Lucho Bermúdez, hasta “El himno a la alegría”, de Beethoven. Periodistas y líderes de opinión ponderaron el carácter pacífico del Cacerolazo Sinfónico y se apresuraron a afirmar que esa era la forma correcta de protestar. Voronkov fue entrevistado en varias emisoras de radio, ocupando un espacio que no han tenido ni siquiera los líderes del Comité del Paro (en plena entrevista, se le informó al maestro que su celular, que perdió en un taxi de camino a la emisora, había aparecido, y el éxtasis por la demostración de espíritu cívico llegó al paroxismo).

Un periodista de Caracol Radio agregó a la sazón que había que manifestarse “desde lo que nos une”: la música, el arte, la fiesta. La misma mañana del 28, Gustavo Gómez, director de noticias de la cadena radial, invitó a la alcaldía de Peñalosa a autorizar sin dilaciones el concierto de varios artistas pro-paro, previsto para el 8 de diciembre, en el mismo espíritu de su compañero de mesa: el derecho a manifestarse con alegría. Ante la avalancha de aprobación hacia una cierta forma de protesta social after hours, que no interfiera demasiado en la cotidianidad de los ciudadanos ni afecte el fetiche del trabajo y la productividad, alguien publicó en una red social: “Si la protesta le gusta a Caracol, algo estamos haciendo mal”.

Ese mismo día, pero un poco más tarde, uno de los líderes de la convocatoria conocida como la Noche de Tambores, en la plazoleta de la calle 85 de Bogotá, se subió a un improvisado altillo y arengó: “Recuerden que solo en la resistencia y en el bloqueo es cuando generamos incomodidad. Y recuerden que nos quieren ver rezando en placitas donde no estorbamos y que tomemos tintico con el ESMAD. Y les recuerdo que la lucha es por todos ustedes y por todo el país. Paramos y continuaremos jodiendo la vida como nos la han estado jodiendo a todo el mundo”.  Aunque fue cubierta por los medios, la Noche de Tambores no fue celebrada del mismo modo que el Cacerolazo Sinfónico, ni su líder se convirtió de forma instantánea en un heraldo –culto, blanco y europeo– de los valores de la civilización por sobre los de la barbarie. Mucho menos ocurrió con el Cacerolazo Punk, que el viernes 29 desde las horas de la tarde, rugió en el mismo Parque de los Hippies, con proclamas llenas de malestar y vocabulario fuerte rociadas con un licor amarillento parecido al ron.

Aunque el paro nacional haya tenido una imprevista deriva festiva, convirtiéndose en una suerte de carnaval regado por plazas y calles del país, está lejos de ser una celebración homogénea. Sus manifestaciones han sido múltiples así como la forma de interpretarlas. Buena parte de las suspicacias o críticas a la carnavalización del paro han venido de sectores tradicionales de la izquierda que ven el peligro de que en medio de tanta alegría y festividad se diluya el propósito inicial de la movilización, anclado –para estos sectores– a la conquista de mejoras concretas en el ámbito laboral y pensional, o a reformas en educación y salud. Esa paleo-izquierda parece estar lejos de entender o admitir la llegada de nuevos grupos sociales con reivindicaciones progresistas: el feminismo, las poblaciones LGBTI, los animalistas o los medioambientalistas, entre otros. En especial el feminismo y lxs LGBTI, en unión con los estudiantes, han aportado a las manifestaciones un colorido nuevo, cambiando la severidad por desenfado, y procurando que en las movilizaciones tenga cabida un reclamo por nuevas formas de afectividad que van mucho más allá de las “condiciones materiales de la existencia”. 

El domingo pasado, en la emisión de la franja prime time de su noticiero, Caracol Televisión consultó la opinión de alguien de su entraña: Héctor Abad Faciolince. El escritor y columnista contestó las preguntas del presentador desde lo que parecía ser su estudio-biblioteca en Medellín. Desde ese lugar, con su carga simbólica asociada a la superioridad del pensamiento intelectual labrado en privado por sobre el sentimiento bullicioso, colectivo y callejero, el escritor y columnista criticó la dispersión de los reclamos de los manifestantes y en varios ocasiones afirmó la poca autocrítica del movimiento. 

En esa emisión televisiva se pusieron en escena dos “sentimientos” encontrados: el de un sentido común agenciado por algunos intelectuales de referencia, instalados en un lugar de comodidad, y la emergencia de algo gaseoso pero que urge ser entendido y asimilado. Para esa urgencia de entendimiento, el sentido común basado en una balanza de argumentos de apariencia racional, luce insuficiente, corto de miras. La carnavalización y la fiesta suponen siempre una interrupción en las nociones regulares de productividad, gasto y energía, y la irrupción de contenidos reprimidos de muerte, desperdicio y destrucción. No hay que ser psicoanalista para saber que la salud mental, social e individual, dependen de ese precario equilibrio.

En el paro nacional parecen salir a flote formas no previstas de subjetividad e intersubjetividad; maneras nuevas de cuidarse y estar juntos, pero también de abrirse al riesgo y la aventura. Los escépticos del paro afirman, seguramente con razones fundadas, que al final de este vértigo los logros concretos serán pocos, ante la evidencia de un establecimiento con poca o ninguna autocrítica y la apertura, por parte del gobierno, de una “conversación nacional” también gaseosa e incierta. Pero en materia simbólica ya hay ganancias ostensibles. ¿Es posible calcular el capital político que se reúne tras cada conversación improvisada, cada asamblea, reunión de vecinos o encuentro espontáneo u organizado de amigos? Esa semilla muy seguramente incidirá en futuras formas de organización política –incluso más allá de la desgastada política de los partidos y sus maquinarias electorales– y tendrá efectos en la manera de votar, de concebirse como ciudadano, de ejercer derechos y veeduría pública. El paro nacional es, en ese sentido, una forma efectiva de ampliación de la democracia, más allá de la delegación y la representatividad, cubiertas como están de escepticismo.

La Noche de Tambores en la calle 85 de Bogotá. Foto: Esteban Vega.

Pero hablábamos de fiesta. “Sin perreo no hay revolución”, se repite en muchas pancartas. Asimismo, han salido a flote otras alusiones sexuales. En carteles como “Me encanta hacerte venir. Att: El paro”, parece encontrar eco el llamado de intelectuales como Carolina Sanín, quien ha reparado en la imposibilidad de disociar la democracia de lo que ella ha llamado “La república erótica”. Y en efecto, el paro (o la parola nacional) impulsó formas de reunión y de encuentro que trastocan el modo tradicional de rumbear, al menos en los sectores tradicionales de los grandes centros metropolitanos. En una ciudad como Bogotá, donde la rumba está asociada a dinámicas sociales de exclusión en las que se intersectan clasismo y racismo, los encuentros espontáneos y gratuitos significan un pequeño pero significativo remezón en la articulación de un nuevo sentido comunitario con incidencia en la convivencia ciudadana. Me explico: las comunidades imaginarias que conviven en Colombia se basan en la separación entre “nosotros” y los “otros”. La mayoría de los sitios de rumba, sobre todo los que congregan a los estratos altos, se sustentan en prácticas de distinción que garantizan una experiencia de mismidad: se sale de la casa a sitios que, en la mayoría de los casos, garantizan una seguridad vinculada estrechamente con la familiaridad y con la certeza –o la promesa– de encontrarse con los que son como uno.

El paro nacional ha creado un pequeño agujero en ese conformismo señalando vías de reconocimiento real y concreto de la diversidad y la diferencia: nos hemos mirado y tocado, hemos sentido cerca otros cuerpos y olores, e iniciado conversaciones con extraños en contra de lo que dictan los protocolos del autocuidado. El problema es que, en la lucha por dominar la narrativa y las emociones, muchos medios y líderes de opinión están jugando un papel disolvente y trabajando a favor de la continuidad del statu quo. La forma para llevar adelante ese propósito –consciente o no– es insistir en las buenas maneras como requisito para la legitimidad del paro y en la superioridad moral de la normalidad. No afectar a nadie es la consigna que se repite, mientras se amplifica el relato de los daños y las pérdidas, y se minimizan las ganancias simbólicas.

El norte de estos medios y líderes de opinión parece ser reconducir el paro nacional, y su ingente energía festiva y carnavalesca, hacia un plebiscito nacionalista que ratifique la idea de que vivimos en un país maravilloso, con una diversidad feliz, cuando sabemos de sobra que más allá de la celebración folclorizante y exotista, nuestra pluralidad social, racial y cultural es conflictiva porque, cómo no, es una forma de estratificación económica con consecuencias en el acceso a la educación, la salud, el trabajo y, en últimas, a los beneficios del Estado. Así que reconocer a los otros en medio de este carnaval es darles su lugar a todos esos matices, para que la fiesta por la vida no deje de ser la fiesta por una vida mejor para todos. Que una vez la fiesta concluya, el día después –el after day de las after hours– nos encuentre llenos de vigor transformador y no con el cansancio de una resaca.

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