Hugo Jamioy es un hijo “adoptivo” del pueblo Iku (conocidos como “Arhuacos”), adonde llegó hace 24 años, con su hermano.  Allí estableció su familia y entrelazó su cultura originaria, transcurrida en B?ngbe Uáman Tabanoca, conocido actualmente como el Valle de Sibundoy (Putumayo, Amazonía colombiana). . Foto: Fernando González, Mincultura. Hugo Jamioy es un hijo “adoptivo” del pueblo Iku (conocidos como “Arhuacos”), adonde llegó hace 24 años, con su hermano. Allí estableció su familia y entrelazó su cultura originaria, transcurrida en B?ngbe Uáman Tabanoca, conocido actualmente como el Valle de Sibundoy (Putumayo, Amazonía colombiana). . Foto: Fernando González, Mincultura.

La cultura y el amor por la tierra: antídotos valiosos en tiempos de virus

Mi diálogo con un hombre sagrado que juntó el valle del Sibundoy con la Sierra Nevada de Santa Marta, fortaleciendo la cultura de los pueblos ancestrales, y que en estos tiempos de cuarentena trabaja con su Comunidad para sanar la tierra, usando la creatividad como antivirus.

2020/05/04

Por Jenny De la Torre Córdoba*

Llegó un año en que las sombras cubrieron las calles de incertidumbre y temores por cuenta de un virus desconocido que desafió el poder humano. La tierra se detuvo y, en medio del encierro de sus habitantes, quitó de sus hombros el hollín. Poco a poco fue recuperando su antiguo olor a savia fresca y de sus ojos corrieron frescas lágrimas que limpiaron mares y ríos, quebradas y lagos. Pero, en ese despertar, ¿qué sucedió con las Sierras y Montañas? ¿Qué sucedió con la memoria de los pueblos ancestrales y sagrados? ¿Dónde quedaron inscritas la cultura y los ritos con que los hombres y mujeres originarios protegieron a la madre tierra?

Este párrafo podría ser parte de una historia que leerán en 100 años los habitantes del planeta, y que hoy nos convoca a detenernos y a desafiar el miedo a un monstruo invisible, que nos impide abrazarnos, hablarnos de cerca pero que facilita el reconocernos. 

En un país que solamente en el año 1991, en su Carta Constitucional, “reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana” (artículo 7), queda aún mucho por escarbar, profundizar y conocer  de los pueblos que originariamente constituían lo que hoy es nuestro Estado/Nación y que actualmente, fortalecen  sus liderazgos y  luchan porque sus saberes y expresiones no se diluyan en medio del caos de una modernidad agonizante, que no solo pone en peligro sus vidas y la de sus comunidades, sino que parece estrangular sus lenguas y territorios.

Pensando que en esta “cuarentena”, hay más tiempo para “saber”, decidí viajar “virtualmente”, a la Sierra Nevada (como se le conoce a la Sierra Nevada de Gonawindwa) a encontrarme con Hugo Jamioy, un reconocido líder indígena, nacido en la “Nación” Camuentsa Cabeng Camentsa Biyá; pueblo que cuenta con pensamiento y lengua propia. 

Mi anfitrión, Hugo Jamioy, me recibió en medio de la Danza de la Ofrenda, en la que él y su pueblo agradecen por la vida y reconocen a la Tierra como la Gran Madre. Es una de las muchas formas rituales con las que los pueblos ancestrales (Indígenas) “piden perdón a la madre tierra, en un momento de ajuste de cuentas”, por los desmanes infringidos por todos sus habitantes. 

Hugo Jamioy, es un hijo “adoptivo” del pueblo Iku (conocidos como “Arhuacos”), adonde llegó hace 24 años, con su hermano.  Allí estableció su familia y entrelazó su cultura originaria, transcurrida en B?ngbe Uáman Tabanoca, conocido actualmente como el Valle de Sibundoy (Putumayo, Amazonía colombiana). 

Hugo nació de abuelos y abuelas que inventaron una lengua a través de la cual sus hijos y nietos aprendieron a sentir, a nombrar y amar a cada ser que brotó del lugar que denominaron “Tsebatsana Mamá enduabaina acbe Bets Mamá (Madre Responsable, se llama tu Gran Madre).

Y cuenta:

Durante ya casi 24 años comparto dos formas de ver el mundo, la visión Camentsá y la visión Iku. Estos se han fortalecido mutuamente, a través de procesos que nos llevan a reconocer que el conocimiento de cada cultura es muy valioso y necesario para vivir unidos en la diversidad. De ello nos nutrimos espiritualmente, de las plantas sagradas como el aju u hoja de coca en la Sierra Nevada de Gonawindwa, y del yagecito en el Putumayo. Dos plantas de poder que fueron entregadas a nuestros abuelos para que las custodien y les den buen uso para el servicio de la humanidad. Pero el hermanito menor, como llaman los indígenas Iku a los no indígenas, han degenerado y prostituido el uso de estas plantas, convirtiéndolas en drogas y de esta manera desprestigian lo que para nosotros es sagrado.

Quiero saber más de lo que está pasando en la Sierra Nevada y de cómo fue que pudieron establecerse armónicamente, varias comunidades, diversas, en un solo Resguardo Indígena, al que Hugo pertenece. Él me resume el antecedente, con su firme “voz” y con la convicción derivada de su compromiso con su historia:

Esa identidad cultural que construyeron nuestros abuelos durante siglos, nos ha permitido vivir en unidad, que siempre ha estado amenazada. Hoy somos el reflejo de procesos ajenos que han debilitado nuestra forma de vida. En nuestro orden espiritual existen dos elementos fundamentales para la existencia de nuestra cultura: la lengua y el territorio. Estos dos elementos han sufrido drásticos procesos que han marcado el camino que hoy transitamos entre el ser y no ser. 

Hoy, la realidad nos presenta como un pueblo a punto de perder su lengua y el territorio, como elementos vitales de nuestra existencia; y de esto somos responsables nosotros mismos como Camentsá; pero el Estado en todos sus niveles, nacional, departamental y municipal, es responsable de actos que nos llevaron a esta situación. Responsabilidad compartida que estamos a tiempo de asumir; desde nuestra comunidad, la práctica de la lengua, especialmente en jóvenes y niños que es donde se evidencia con mayor gravedad la pérdida de este elemento vital y desde el Estado a través de políticas que conduzcan a fortalecer nuestra identidad lingüística en la práctica. 

Respecto al territorio, siempre hemos cuidado de nuestra Madre Tierra y es nuestra responsabilidad, y así lo seguiremos haciendo por el bien de nuestros nietos; y el Estado debe revisar su política extractiva, que nos afecta profundamente, y es importante que tenga en cuenta que nosotros como nación Camentsá, al igual que todos las naciones indígenas de América y del Mundo le decimos NO a las explotaciones mineras por los daños que provocan, e invitamos a nuestros hermanos colombianos a seguir defendiendo los lugares donde ustedes y nosotros habitamos, donde aún el agua es posible beberla a plenitud.

En este diálogo con Hugo Jamioy me quedó claro que a Colombia, esta Nación diversa en la que aún perviven 102 pueblos indígenas que luchan por preservar su cultura, le falta reconocer su ancestralidad y etnicidad. 

En la tarea de preservación y salvaguarda del conocimiento y expresiones de la Nación Arhuaca, el Ministerio de Cultura ha sido, según sus propias palabras, “un aliado de sueños, que se concretaron en lo que hoy se conoce como Biblioteca Indígena y Casa de la Memoria de la Sierra Nevada de Gonawindwa. El proceso fue posible gracias al dialogo abierto y a la disposición de las Autoridades Tradicionales, los Mamos y la comunidad, mediados por el Ministerio y la Biblioteca Nacional". 

Según el poeta Hugo Jamioy:

La poesía y la palabra escrita son una forma de resistencia para nuestras comunidades indígenas que intentan salvaguardar sus herencias culturales a través, entre otras formas, de la literatura y pensando en la literatura como la herramienta para preservar nuestra historia, esta Biblioteca, que es  la más grande Biblioteca Pública Ancestral del país, a  tan solo 40 kilómetros del Mar Caribe y con las nieves perpetuas como paisaje,  se alzá como un lugar de investigación, resguardo de prácticas ancestrales, documentación y consulta sobre la identidad cultural de los pueblos aborígenes de esta zona del país.

Foto: Fernando González, Mincultura.

La Biblioteca “de la Sierra” también funciona como centro de memoria, tiene espacios  para realizar  talleres, para el tejido, para la música, para la producción audiovisual y terrazas para la recuperación de la agricultura propia de la Sierra.

En la voz de Hugo Jamioy, danza la historia de un país, que necesita ser revisitado, no moviéndose de “la casa”, solo abriendo el corazón a reconocer que somos una Nación diversa, en cuarentena histórica, que debe temer al virus de perder su memoria.

*P.H.D Sociología (Perspectiva de Género en las Ciencias Sociales). Escritora, poeta e investigadora Social.

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