| 12/4/2019 12:00:00 AM

Un horizonte radical: las argentinas, las más votadas de la Lista Arcadia

Invitamos al escritor chileno Diego Zúñiga, un gran lector de esa tradición, a revisar la obra de las autoras presentes y, por supuesto, a advertir las carencias.

La escritora Silvina Ocampo a comienzos del siglo XX. La escritora Silvina Ocampo a comienzos del siglo XX.

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Podríamos comenzar por el final, por el libro argentino más joven de esta lista –Las malas, de Camila Sosa Villada–, pero ya habrá tiempo para llegar a él, a esta novela autobiográfica, salvaje y sorprendente que apareció a comienzos de 2019 y que seguro tendrá una larga vida.

Quizá sería mejor empezar por aquella rareza entre rarezas que se asoma en esta lista: Habitaciones, de Emma Barrandéguy: libro descatalogado, de circulación precaria fuera de Argentina, pero de una contemporaneidad asombrosa: las escrituras de yo, la levedad, la inteligencia y el talento para convertir la memoria en una máquina de ficciones, en una máquina capaz de indagar en una intimidad feroz: en un amor prohibido, un amor lésbico. Fue escrito a fines de los años cincuenta, y sin embargo tuvo que pasar medio siglo para ver la luz, en 2002, en una edición a cargo de María Moreno, quien anota en el prólogo: “Escrita mucho antes de que se teorizara sobre las minorías sexuales, Habitaciones puede leerse como algo que está por delante de ellas, en un horizonte más radical”.

No es casualidad, por supuesto, que haya sido María Moreno quien pusiera en circulación este libro. Es su proyecto literario, de hecho, uno de los más radicales, y en ese entramado, Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas (2018) se vuelve imprescindible para entenderlo: nadie escribe como María Moreno, nadie como ella para entrecruzar goce y política, en una sintaxis que se desborda, inconfundible. Habría que pensar en la poesía, en Susana Thénon, por ejemplo, y en ese poema extraordinario que se llama “Antología”: “¿Tú eres/ la gran poietisa/ Susana Etcétera?/ mucho gusto/ me llamo Petrona Smith-Jones/ soy profesora adjunta/ de la Universidad de Poughkeepsie/ que queda un poquipsi al sur de Vancouver/ y estoy en la Argentina becada/ por la Putifar Comissión/ para hacer una antología/ de escritoras en vías de desarrollo/ desarrolladas y también menopáusicas (…)/ porque tú sabes que en realidad/ lo que a mí me interesa/ es no sólo que escriban/ sino que sean feministas/ y si es posible alcohólicas/ y si es posible anoréxicas/y si es posible violadas/ y si es posible lesbianas/ y si es posible muy muy desdichadas/ es una antología democrática/ pero por favor no me traigas/ ni sanas ni independientes”.

Si algo une a los libros argentinos de esta lista es, justamente, que están escritos con una libertad admirable y en contra de las modas, del mercado, de la academia y del poder. Es la literatura que interpela, constantemente, al presente: la lengua torcida que se inventa Sara Gallardo para escribir Eisejuaz (1971), los versos fracturados y enigmáticos de Pizarnik, la inteligencia de Beatriz Sarlo, la voz de Sylvia Molloy y esos fragmentos que le arrebata al olvido en Desarticulaciones (2010). El presente en esos niños terribles, en esa infancia bestial de los cuentos de Silvina Ocampo y que se puede rastrear, también, en los relatos geniales de Mariana Enríquez y Samanta Schweblin. El arte de escribir cuentos perfectos, o crónicas y perfiles memorables como los de Leila Guerriero. Bordear los géneros canónicos, insistir en la intuición, en rodear el centro: “Uno escribe algo para contar otra cosa”, dice María Gainza en El nervio óptico (2014), y en esa frase se encierra una poética que parecen compartir muchas de estas autoras.

Y otras también. Es inevitable pensar en las ausencias: aquí podría haber estado La ingratitud de Matilde Sánchez, la poesía de Tamara Kamenszain, los libros de María Sonia Cristoff, Las primas de Aurora Venturini, El viento que arrasa de Selva Almada, los ensayos de Josefina Ludmer y Graciela Speranza, por citar los primeros nombres que aparecen en la ausencia. Hay que convocarlas a ellas también. Y hay que empezar a cerrar este texto. Y habría que hacerlo con Las malas, el libro argentino más joven de la lista, pero mejor cerrarlo con la escritora argentina más joven de todas, con Hebe Uhart, que nació en 1936, pero que nunca dejó de escribir con urgencia y entusiasmo esos cuentos, novelas y crónicas que nos van a sobrevivir a todos.

*Escritor, editor y periodista chileno. Fue incluido en la más reciente edición de Bogotá 39, un programa del Hay Festival que propone a los escritores jóvenes más sobresalientes de América Latina. Ha publicado las novela Camanchaca y Racimo, y el libro de relatos Niños héroes.
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