| 11/5/2019 2:16:00 PM

“Es necesario sacudir a los mitos para contemplarlos en su condición humana”

En ‘Diez crímenes sorprendentes de la historia de Colombia’, Fernando Salamanca narra, entre varias historias, cómo vivía un músico en un campo de concentración colombiano, cómo se castigaba a los indígenas, cómo se vivía en la isla de los leprosos y cómo fue el robo de un Goya en Bogotá. ARCADIA habló con él.

Los Alzate, la familia que hizo una fortuna a través de la falsificación de cerámicas precolombinas. Foto: Archivo particular Los Alzate, la familia que hizo una fortuna a través de la falsificación de cerámicas precolombinas. Foto: Archivo particular Foto: Archivo particular

En ‘Diez crímenes de la historia de Colombia’, publicado por la editorial Penguin Random House, Fernando Salamanca presenta diez relatos históricos en clave de crónica acerca de la vida y la muerte de colombianos y extranjeros en el país, acerca de la brutalidad de la que el ser humano es capaz, de la mirada que se ha tenido en el pasado de las mujeres y los indígenas, y de las estafas en el mundo cultural, entre otros temas. 

Fernando Salamanca. Foto: Cortesía de Fernando Salamanca. 

¿Cómo decidió ir a los archivos judiciales y construir algunas de las historias que incluye en el libro?

Hace unos años, asistí a una conferencia de Fabio Zambrano en la que contó varias historias de extranjeros en nuestro país, en particular una sobre un grupo de ciudadanos que llegaron huyendo del hambre y la pobreza de la Primera Guerra Mundial. Entre estos, había un grupo de europeas que se dedicaron a la prostitución. Les decían “Las francesas”, mujeres que desacataron los códigos morales de su época y pagaron cara su falta, pues fueron el blanco de persecuciones morales, sociales y judiciales. Decidí averiguar más y esculcar el Archivo General de la Nación (AGN). La historia de los extranjeros perniciosos expulsados se convritió en el primer eslabón de este libro. 

¿Cómo eligió las historias? Hay tres relacionadas con el arte, otras en las que las mujeres son protagonistas y dos sobre indígenas...

La curaduría del libro partió de la pregunta "¿qué historias podrían representar adecuadamente algunos episodios o periodos de nuestra historia?" y de las posibilidades de responderla.

Lo hice tratando de recuperar a cualquier precio notas de prensa que había encontrado por azar durante años, historias que conocía de primera mano e historias que había encontrado en el AGN. Así logré reconstruir las notas de veinte historias. Fui eliminando las que me parecían insalvables y quedaron unas doce, de las cuales dos se fueron a la basura y las crónicas restantes tomaron aliento hasta el final. Ahora, la curaduría —como en toda selección— es caprichosa y personal, sigue el camino de mis intereses como escritor y periodista, pero no por eso es menos rigurosa.   

La historia de la Custodia y de su jefa, la señora Trinidad Forero, demuestra la brutalidad de la que el ser humano es capaz. ¿Cómo descubrió esa historia y qué impacto le generó? 

Ese relato es un viaje a lo más oscuro de la condición humana, un relato obsesivo y aterrador que encontré por casualidad en una nota corta del libro Mujeres perversas de la historia de Susana Castellanos de Zubiría y a la que decidí seguirle la pista. Esta historia se sumerge en los conflictos de dos mujeres de diferente condición social, económica, racial. Cuando reuní el material suficiente decidí contarla desde la perspectiva de la víctima. 

Ahora que escribo esto, veo un puente entre la historia de Custodia y una crónica de mi libro anterior (CSI Colombia) sobre una mujer asesinada por una lavada de ropa, por grupos paramilitares en Putumayo. Los dos casos son durísimos y pertenecen a épocas distintas y distantes de nuestra historia, pero en ambos casos encuentro una coincidencia: la perversidad brutal en el cuerpo de la víctima. Por ejemplo, extraer la dentadura, quemar el cuero cabelludo y condenarla al emparedamiento durante cinco años, en el caso de Custodia, o ser ajusticiada y descuartizada, en el caso de la mujer que murió por una lavada de ropa. Es una tortura sistemática y consciente.

La historia de Bahía Manga, donde enviaron a decenas de personas con lepra, parece ficción. Usted dice que al visitar la isla le dio curiosidad la historia. ¿Por qué estaba allá y cómo fue el proceso de descubrir los horrores a los que sometían a estas personas?

Hace unos años, cuando trabajaba en el sector de museos, asistí a un seminario en Cartagena. Cuando salimos de la charla en el planetario de la Base Naval, caminamos hasta uno de los márgenes de la base y, del otro lado del muro, había una zona desértica en la que destacaba una edificación colonial raída por el tiempo y el olvido. Una persona me contó que allí funcionó el leprocomio de la ciudad desde finales del siglo XVIII y que la vida de quienes padecían la enfermedad Hansen fue durísima. 

¿Si se hablara más de la historia del primer periodista asesinado y de la defensa de Gaitán al militar que cometió el crímen, la imagen que se tiene del líder político sería distinta? 

Gaitán es un mito. Desde la independencia nadie había concitado el entusiasmo popular como él lo hizo (...) Gaitán intentó ahondar en la dimensión emocional y subconsciente de sus defendidos, por ejemplo, al conocer la necesidad sicológica del teniente José María Cortés cuando decidió disparar en contra de Eudoro Galarza, el primer periodista asesinado en nuestro país. Y elaboró una teoría del caso arriesgada: lo mató por honor, para defender el honor del uniforme militar. 

Lo trágico para la familia de Galarza fue que se enfrentaron a un gran abogado y político que, por capricho del destino, fue asesinado unas horas después de que el juez del caso dictaminara que aceptaba la teoría del honor y que el teniente Cortés quedaba libre de culpa. En ese momento, ya no peleaban contra un hombre sino contra un mártir. El asesinato de Gaitán invisibilizó la tragedia de Eudoro Galarza. 

Decía que Gaitán es un mito y, de vez en cuando, también es necesario sacudir a los mitos para contemplarlos en su condición humana, con sus virtudes y defectos, para mostrar que la estatua de oro tiene los pies de barro. Esa es la tarea del periodismo. 

En la historia de lady Paget se pueden ver varios prejuicios contra una mujer que no se sigue lo que esperaba de ella la sociedad de los años 30. ¿Qué cambios puede ver en la sociedad colombiana y qué patrones se repiten?

Hace unos meses, Claudia Palacios escribió en su columna en El Tiempo (¡Paren de parir!) sobre las miles de jóvenes venezolanas que traen hijos al mundo en nuestro país, y les recordaba que Colombia no es la Venezuela de Chávez y Maduro, que apunta de subsidios convirtieron en paupérrimo el país más rico de la región. Hay una relación en estas dos historias, una xenofobia sin disimulos, una tendencia burocrática brutal que ha envenenado la convivencia pública en Colombia y que demuestra, como pocas cosas, la estrechez de mirada de nuestros políticos y diplomáticos de la primera mitad del siglo XX. 

Muchos creyeron que la inmigración era lo peor que podía pasar. Y no: la persecución a los extranjeros indeseables es una manera de silenciar nuestros problemas. Es miedo. La expulsión de una mujer extranjera como Lady Paget, que encarnó los contravalores de su época, es miedo, al igual que la petición de Palacios es miedo a nuestra nunca confesable mediocridad. 

La historia de la familia Alzate y sus falsificaciones hacen pensar en la importancia o no de la autenticidad de una obra. ¿Qué reflexiones le dejó?

Basta entrar a páginas como eBay o AliExpress para darse cuenta cuenta de que el mundo del arte falso es una industria como cualquier otra. Esta tradición del arte falso en el país comenzó con la familia Alzate, un grupo de taxidermistas antioqueños que emprendió una estafa con cerámicas precolombinas. El arte sigue el camino del dinero. Además, hay un mercado del arte moderno colombiano poco regulado. 

Vale preguntarse por qué el arte falso es condenable más allá de una consideración legal. Me refiero a que la jerarquía socialmente reconocida de las artes tiene una correspondencia con otra jerarquía: la de los consumidores. Hay personas que llevan toda su vida coleccionando falsificaciones. Un cuadro de Rubens como el que compró Rasguño o, en su momento, esas piezas de cerámica de los Álzate funcionan como marcadores de privilegio de clase. Y ese tema también reviste consideraciones estéticas. Cuando una persona mira un cuadro de Picasso o de Botero, por ejemplo, siente que debe mirarlo “según normas que definen la estética legítima”. El arte falso carece de esa legitimidad por condiciones históricas, sociales, personales, en fin. Pero la vida, como el arte, es una ruleta rusa: hoy las cerámicas “falsas” de la familia Alzate son consideradas unas degeneradas fantasías dignas de museo, un elogio a su vida como creadores. Pensemos, como un simple juego, cuántos visitantes tendría una exposición de las obras de arte (falsas y auténticas) que estuvieron en las colecciones de mafiosos y que hoy están bajo custodia del Museo Nacional, entre estas, los dos Rubens de Rasguño... Sería un éxito.   

En la historia del robo del Goya en Bogotá uno se da cuenta de que, de no haber sido robado el cuadro, la exposición no habría tenido el mismo interés. ¿El arte en Bogotá sigue siendo un interés de nicho?

Esta historia es un buen ejemplo de la manera en la que las personas se acercan al mundo del arte en Colombia: un espectáculo, una noticia de portada en la que están involucrados artistas del canon, un delito, un profesor universitario que no dimensiona una broma (la autoincriminación del robo), y la indignación de la opinión pública porque, "otra vez, nos están haciendo quedar mal en el exterior". 

El acto del robo fue visibilizador, en lugar de sustraer la imagen del grabado del Goya, la multiplicó; pero al convertirse en noticia y escándalo, la imagen del grabado se invisibilizó y quedó etiquetada como mera parte de una anécdota. 

¿Cómo fue el proceso de construir la historia alucinante del músico alemán que huyó de su país en el auge del nazismo y terminó en un campo de concentración en Sabaneta, Colombia?

Encontré la historia por azar. Estaba buscando información de ciudadanos extranjeros en los archivos de El Tiempo, en particular, durante la guerra, cuando me encontré una nota pequeña en la portada del diario, de abril de 1944, con el titular: “Internados hoy doce alemanes y japonés”. En la lista de trece personas me llamó la atención el nombre de Karl Ludwig Schweineberg y, en especial, la descripción de su trabajo: organista de la Catedral de Manizales. Intuí que detrás de esta descripción había una gran historia. Después, encontré el nombre de Schweineberg en Las Listas Negras y en los expedientes de extranjeros que entraron al país obligados por la llegada del nacionalsocialismo al poder en Alemania.

Su historia refleja los momentos de ambigüedad y contradicción en un mundo peligroso, ad portas de una guerra que trastocó el orden histórico conocido. Un conflicto al que Colombia no fue ajeno. La vida de decenas de alemanes recluidos en un campo de concentración en Fusagasugá, la mayoría injustamente, es un examen moral-ético de nuestra historia. Y muestra lo que estuvo en el trasfondo de aquellos años difíciles para tantos que, de un modo u otro, fueron arrastrados por la tormenta de la guerra.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 168

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.