| 10/1/2019 10:00:00 AM

La foto de Guaidó: una columna de Antonio Caballero

"Más que a Guaidó mismo es al Gobierno de Colombia a quien habría que hacerle las mil preguntas correspondientes a esta fotografía", escribe Antonio Caballero en su más reciente columna.

"ero miremos esta foto. Una foto mediocre, desvaída, de teléfono móvil, que nos muestra un abrazo. Una selfie", escribe Antonio Caballero. "ero miremos esta foto. Una foto mediocre, desvaída, de teléfono móvil, que nos muestra un abrazo. Una selfie", escribe Antonio Caballero.

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Una selfie

Hay que ver con qué gentes son capaces de abrazarse los políticos. Recuerdo un episodio del implacable Jaime Garzón, en su versión de portero del “Edificio Colombia” de la televisión, en que informaba por teléfono a las autoridades que por su portería acababa de salir o de entrar un tenebroso criminal. Se entendía por su gesto que desde el otro lado de la línea le preguntaban que si iba solo. “¿Solo? ¡Qué va…! ¡Rodeado de políticos!”.

Por eso lo mataron.

Pero miremos esta foto. Una foto mediocre, desvaída, de teléfono móvil, que nos muestra un abrazo. Una selfie.

La explica su protagonista Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela reconocido por cincuenta países, diciendo que él se abraza con todo el que le pida una foto, sin reclamarle currículum ni prontuario. Y las también implacables Tola y Maruja ponen a preguntarse a sí mismo a su compinche abrazador, el alias Brother de la pandilla Los Rastrojos: “¿Quién será este flaco que me pidió una selfie?”. Guaidó, de camiseta negra y cachucha semicamuflada en tonos de gris, sobre un fondo semiselvático de follajes verdes y de troncos macheteados de árboles y el filo de la trompa de una camioneta, sonríe confiado mientras le echa cariñosamente el brazo sobre los hombros a un hombretón rechoncho y tetudo de camiseta blanca que… Pero ¿no le vio Guaidó la pistola al cinto? ¿No le llamó la atención la gruesa cadena de oro al cuello? Y sobre todo, ¿no le miró la cara? Porque no se necesita ser Cesare Lombroso, el célebre criminalista italiano que desarrolló la teoría del “criminal nato” a partir de ciertas características fisionómicas del rostro y del cráneo de los asesinos, para reconocer en el alias Brother a un tipo aterrador. Aunque tal vez por eso mismo resultara más conveniente abrazarlo que rechazar la selfie de su abrazo. Tal vez pensó Guaidó: “Si yo no me beso con este señor, me pega un tiro”.

Porque en efecto, el Brother, Alberto Lobo Quintero, era –porque parece ser que tres meses después de tomada esta foto murió en un enfrentamiento con la policía colombiana– un reconocido asesino que manejaba una casa de pique en la frontera colombo-venezolana para proteger sus negocios de narcotráfico y contrabando de gasolina. Y ya son tres las fotos de Guaidó en las trochas de frontera que controla desde hace años esa banda criminal de Los Rastrojos, que según parece lo condujo sano y salvo para que viniera a participar en el concierto Venezuela Aid Live organizado en el puente fronterizo Simón Bolívar el pasado 22 de febrero para socorrer a los venezolanos. Las publicó Wilfredo Cañizares, director de la Fundación Progresar que mantiene desde hace quince años un observatorio de la frontera en Cúcuta. Y según informó, la banda controla la región hasta tal punto que pudo decretar un toque de queda sobre la población en las horas del paso de la caravana del presidente interino venezolano.

Las explicaciones del protagonista son insuficientes. Es cierto que los políticos profesionales se abrazan y se toman fotos con toda clase de gentes, y tal vez no sea obligatorio que les pidan su identificación aunque las vean armadas. Aún más: puede que les guste verlas armadas. Es posible, aunque no muy creíble, que Guaidó no supiera quienes eran esos señores malencarados que lo estaban admirando como tantos papanatas admiran a los políticos y les piden una foto para exhibirla ante la familia: no es creíble porque esa pistola, esas cadenas de oro, esa camioneta blindada… Pero en todo caso, más que a Guaidó mismo es al Gobierno de Colombia a quien habría que hacerle las mil preguntas correspondientes a esta fotografía. Ese Gobierno que previamente había enviado al batallón Guardia Presidencial a que esperara a Guaidó para recibirlo presentándole armas y con alfombra roja (también hay foto) en el sitio preciso –un polvoriento campo de fútbol del pueblo de Guaramito, donde iba a recogerlo un helicóptero para llevarlo a Cúcuta–.

Una sola pregunta: ¿quién les avisó?

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