| 10/1/2019 10:00:00 AM

“Lo raro es que haya orden, no que se rompa”: Andrea Mejía

“Mi hermana no tenía una forma humana en su vientre, sino una masa de células que se reproducían sin control ni orden”, escribe Andrea Mejía en su más reciente columna.

“Mi hermana no tenía una forma humana en su vientre, sino una masa de células que se reproducían sin control ni orden”, escribe Andrea Mejía en su más reciente columna. “Mi hermana no tenía una forma humana en su vientre, sino una masa de células que se reproducían sin control ni orden”, escribe Andrea Mejía en su más reciente columna.

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Brassica nigra

Mi hermana no estaba embarazada. O sí, pero la primera célula del cuerpo que empezó a crecer en su cuerpo no tenía dos juegos de cromosomas, sino tres, es decir, no tenía cuarenta y seis cromosomas, como casi todas las células humanas, sino sesenta y nueve. Un error aleatorio en las técnicas de la naturaleza. Mi hermana no tenía una forma humana en su vientre, sino una masa de células que se reproducían sin control ni orden. Algo muy raro y aterrador. Aunque lo raro es que haya orden, no que se rompa. Cuando mi hermana nos contó, le acababan de hacer la ecografía de los tres meses en la que supo lo que pasaba. Nos contó con su tranquilidad habitual: ella acaparó todos los genes de la calma en nuestra familia, y los heredó de sí misma. Pero estaba triste, claro.

A mí me pareció una historia tan extraña que sentí más miedo que dolor. Después de hablar con ella, después de que ella tratara de calmarnos a todos, a sus dos hijos, a su esposo, a mi madre, a todos, no sé por qué pensé en la parábola del grano de mostaza. La asociación me pareció monstruosa, como si en el orden de mis pensamientos se hubiera introducido también una extraña mutación. El reino, dice Mateo que dice Jesús cuando habla con la multitud a la orilla del mar, el reino es como un grano de mostaza. Crece en la oscuridad de la tierra, en el silencio, es el más pequeño de los granos o de las semillas, pero al salir de la tierra se convierte en un árbol, y en sus ramas vienen a hacer sus nidos los pájaros del cielo.

Me pregunté nuevamente, esta vez sin ninguna ansiedad, como si estuviera dormida, qué es lo que es el reino. Si para cuando germine la semilla ya no habrá pájaros, ni tierra, ni mundo. Solo oscuridad.

Buscando otras traducciones del evangelio de Mateo, encontré que la planta mencionada en el pasaje bíblico es la mostaza negra. Su nombre científico es Brassica nigra.

Mis pensamientos siguieron andando a tientas, como vienen andando hace unos días: no pienso, o no tengo control sobre mis pensamientos, escribo poco, tengo muchos sueños por la noche. Mis pensamientos andan sueltos, separados del orden del lenguaje, como espectros de ese pequeño reino de los muertos que es nuestro cráneo cuando duerme. Ellos ven algo que yo no puedo.

Me acordé de uno de mis pasajes preferidos de la Odisea. Ulises llega a la tierra después de una lucha furiosa contra el mar. Está exhausto. Se pregunta si es mejor morir de frío, helado por la “escarcha maligna” cerca del río, o entrar al bosque para buscar abrigo. Aunque teme quedarse dormido y ser devorado por las fieras, elige el bosque. Viene entonces una imagen muy bella. De la misma manera en que un hombre en una tierra extensa, sin vecinos, guarda una brasa pequeña entre las cenizas porque no tendrá luego a quién pedir la semilla del fuego, así se arropa Ulises y se guarda entre el follaje del suelo húmedo del bosque.

Me doy cuenta, ahora mientras escribo, de que Homero ha encontrado las palabras para decir lo que es el sueño, lo que pasa con la conciencia mientras dormimos: no se apaga del todo, tampoco está encendida. Es una brasa pequeña, oculta bajo un manto de ceniza. Entre la vida y la muerte, el sueño es “la tercera morada”. Eso lo leí en los Upanishads. Es una tierra extensa, oscura, en la que volvemos siempre a estar solos; y a pesar de que nos perdemos en ella durante la noche, podemos volver a encontrar nuestro camino hacia el orden y la fatiga del mundo.

Tal vez haya una extraña semejanza entre esa brasa pequeña de fuego que se oculta en la noche entre las cenizas, o entre las hojas del bosque, y la Brassica nigra del evangelio de Mateo. Ya solo en el nombre se parecen. Brasa pequeña. Pequeña brasa negra.

Después de oír mis pensamientos por un rato, me quedo muy triste. No sé qué tiene que ver todo esto con mi hermana. No sé cómo pienso ni para qué. Da igual. Si ella no estuviera lejos, me hubiera gustado hacerle un ramito con flores de mostaza, aunque no tengo idea de dónde se compran; y me hubiera gustado regalárselo: no tanto por las oscuras analogías de mi mente, solo por el vivo color amarillo de las flores de la Brassica nigra.

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