| 7/24/2019 11:50:00 AM

¿Qué pasa con la obra del Teatro Colón?

"A estas alturas nadie sabe con exactitud cuándo se van a concluir los trabajos", escribe Emilio Sanmiguel.

"A estas alturas nadie sabe con exactitud cuándo se van a concluir los trabajos", escribe Emilio Sanmiguel. "A estas alturas nadie sabe con exactitud cuándo se van a concluir los trabajos", escribe Emilio Sanmiguel.

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Hace un par de años, esto iba ya por los ciento cincuenta mil millones de pesos. Ahora resulta que hay veinte mil millones más, enterrados, literalmente enterrados, en la cimentación. Me refiero a las obras de remodelación y ampliación del Teatro Colón, una obra faraónica, no por sus dimensiones sino por sus costos. A estas alturas nadie sabe con exactitud cuándo se van a concluir los trabajos.

Y es que la cosa arrancó mal. Tan mal que el teatro se cerró al público para empezar los trabajos, al final del segundo gobierno de Álvaro Uribe, cuando ni siquiera contaban con planos arquitectónicos serios para empezar las obras. Eso se fue improvisando por el camino.

Con la restauración del teatro se emocionaron más de la cuenta. Se confundieron y creyeron, seguramente, que se trataba del Colón de Buenos Aires y no del modesto edificio de Cantini en el centro histórico de Bogotá, a una cuadra de la Plaza de Bolívar. Lo primero que se les ocurrió fue remodelar lo único que funcionaba bien, que era la luneta de la sala, donde la visibilidad era impecable; por cuenta de esa obra elevaron el nivel del vestíbulo, y para resolver semejante disparate tuvieron que añadir a la discreta fachada original un atrio con escaleras, que es todo un atentado al espacio público, y les quedó feo.

Luego vino la dizque restauración de la yesería de la sala. Ahí se les fueron las luces. Luego de “exhaustivos estudios estratigráficos”, no les tembló la mano para darles apariencia de cemento a buena parte de las figuras. Fue tal la intensidad de esa faena que el resultado final da la impresión de que hasta restauraron el mugre original.

Después fueron a por la silletería, la retiraron para reemplazarla por una que parece traída de un múltiplex y es mucho menos cómoda de lo que pregonaron a los siete vientos. Los expertos –ay, los expertos– en acústica mandaron retirar la ornamentación de los palcos y le hicieron un flaco favor al edificio.

Después vino el publicitado asunto de la araña, el gigantesco candelabro de cristal checo instalado en 1948 para la Conferencia Panamericana. Desde luego lo quitaron por sus connotaciones políticas, así lo nieguen sobre los Evangelios. Cuando se armó el escándalo argumentaron que iba a tumbar el teatro. Como no pudieron buscarle una solución al asunto, la empacaron y la mandaron a Arauca. Allá no cupo en ninguna parte y terminó arrinconada por ahí. Cuando se armó otro escándalo tuvieron que traerla de regreso a Bogotá, para dizque instalarla en la ampliación del teatro. Todo ese novelón de cristal para volver a la lámpara “original de yeso”, de tiempos de Cantini y Ramelli; aunque para modificar la fachada y la luneta... ahí sí no les tembló la mano.

La otra polémica –otra de las polémicas– se ha desatado por cuenta del volumen de la tramoya del escenario que superó, y con creces, el perfil urbano del centro histórico, pero mejor pasemos ese asunto por alto.

Al final, lo que tendría que llamar a la reflexión es el costo de los trabajos: ciento setenta mil millones de pesos. Para tener una idea de lo que eso significa, la construcción del Teatro Santo Domingo fue del orden de los cincuenta y cinco mil millones. Es decir que con lo invertido, el Ministerio de Cultura perfectamente habría podido dotar de teatros a tres ciudades, o a la misma Bogotá, de un verdadero centro cultural. Porque sí es muy “mono” el teatrito Colón, pero no era para tanto.

Argumentarán que lloro por la herida porque me tienen vetado. De pronto hasta tienen razón: ¿cómo van a incluir entre sus listas de periodistas convocados para presenciar sus espectáculos a quienes se han atrevido a poner en tela de juicio lo que hacen? Yo lo veo, sin embargo, más como una deferencia que como una censura.

En definitiva, gústeles o no, a pesar de semejantes inversiones y de los esfuerzos publicitarios, el Colón no protagoniza la vida cultural de Bogotá. Eso también tendría que preocuparles. Paren ya.

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