| 10/29/2019 6:03:00 PM

Rebelión en la calle: Antonio Caballero sobre las movilizaciones en la región y el mundo

“Unas ocurren bajo gobiernos de derecha y otras bajo gobiernos de izquierda. Pero todas coinciden en sus formas y también en su causa profunda, que es el creciente descontento de la gente”.

Rebelión en la calle: Antonio Caballero sobre las movilizaciones en la región y el mundo Rebelión en la calle: Antonio Caballero sobre las movilizaciones en la región y el mundo Foto: AP PHOTO/JOAN MATEU

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Hasta la policía, siempre tan escéptica, calculó en medio millón de personas las que desfilaron por las avenidas de Barcelona en protesta contra la condena a altas penas de cárcel de los líderes catalanes acusados de sedición: de pretender independizar a Cataluña de España organizando hace dos años un referendo tramposo e ilegal. Esa manifestación es la que muestra esta foto. Un río de gente, aterrador para unos, exaltante para otros, como la marcha imparable de una marejada de hormigas marabuntas, dependiendo del lado en que se esté con respecto a la independencia catalana. Una arrolladora y multicolor mancha puntillista en la que a simple vista parece que cupieran más personas que los habitantes que tiene la gran ciudad.

Y también parece haber más personas que protestan que habitantes en las manifestaciones que en las últimas semanas han estremecido a Hong Kong contra el Gobierno local por sus inclinaciones prochinas dentro del complejo acto de equilibrismo de “un país, dos sistemas” que vive la ciudad desde su devolución a la China por el Reino Unido. Y en las cada vez más populosas y violentas protestas callejeras de Santiago desatadas por el aumento en el precio de los tiquetes de metro, que han llevado al presidente chileno a decir: “Estamos en guerra”. O en las de Quito por el alza de la gasolina. O en las de Londres para exigir un segundo referendo sobre el brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea. O en las de Caracas, aplastadas a tiros, contra el Gobierno de Nicolás Maduro. O en las de los “chalecos amarillos” en las ciudades de Francia. O en las de los estudiantes de Bogotá que denuncian la corrupción en las universidades públicas.

Los motivos locales de las protestas pueden ser muy distintos de Hong Kong a Quito o de la Barcelona independentista al París de los “chalecos amarillos”; y unas ocurren bajo gobiernos de derecha y otras bajo gobiernos de izquierda. Pero todas coinciden en sus formas –la toma de las calles por los manifestantes con mayor o menor violencia, y la respuesta aún más violenta de las respectivas policías antidisturbios locales, con detenidos, heridos y a veces muertos– y también en su causa profunda, que es el creciente descontento de la gente, en todas partes, con la también creciente inequidad económica: la creciente brecha entre los poquísimos ricos y los muchísimos pobres.

En ese sentido, son la continuación de los movimientos espontáneos de protesta que estallaron con la crisis económica de 2008. En los Estados Unidos el de Occupy Wall Street, o sea, el corazón financiero de Nueva York, con el lema de “Somos el 99 %” (de los pobres frente a los ricos); en España, el de los “indignados” de la Puerta del Sol, de donde acabó surgiendo el partido de izquierda populista Podemos; en la pequeña Islandia, el movimiento popular que logró –caso único en el mundo– que el Gobierno metiera a los banqueros en la cárcel y dejara quebrar a los bancos, en vez de rescatarlos de la crisis con fondos públicos. Son movimientos contra los políticos y contra los banqueros, contra el Fondo Monetario Internacional, contra los planes de ajuste y las políticas de austeridad social.

Las autoridades, unánimes, de Túnez a Hong Kong y a Santiago de Chile, atribuyen ese igualmente unánime sacudimiento social a la acción de “delincuentes y comunistas”. La vicepresidenta de Colombia llega al extremo de la caricatura al declarar que “buena parte de esos encapuchados que salieron a las calles los han mandado desde Venezuela”. Y en eso le hace eco al embajador de Colombia ante la oea, Alejandro Ordóñez, quien aseguró que los venezolanos que emigran hacia Colombia o más al sur son agentes del chavismo enviados “para irradiar en la región el socialismo del siglo XXI”.

No es así. Es mucho más serio. Es la rebelión de la calle. Porque la que sale a la calle, justamente, no es la gente uniformada y armada del fascismo o del comunismo de la primera mitad del siglo XX. Es la gente de la protesta desorganizada y espontánea. A las autoridades habría que recordarles la respuesta que le dio el duque de La Rochefoucauld al rey Luis XVI de Francia el 14 de julio de 1789, cuando la muchedumbre de París se tomó La Bastilla. Preguntó el rey: “¿Es una revuelta?”. Y contestó el duque: “No, Señor: es una Revolución”.

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