ILUSTRACIÓN: GABRIEL EDUARDO HENAO ILUSTRACIÓN: GABRIEL EDUARDO HENAO

Una polifonía de voces

Cinco relatos sobre la diversidad sexual y de género en Bogotá, que nos hablan de cómo es la vida de una persona que encarna varias formas de diferencia. Estas historias nacen de un proceso de creación literaria dirigido por la escritora Andrea Mejía.

2019/10/29

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BÚSQUEDA CIEGA

"Entonces Dios dijo: ‘¡Que haya luz!’, y hubo luz. Al ver Dios que la luz era buena, la separó de la oscuridad y la llamó ‘día’ y a la oscuridad la llamó ‘noche’…”. Me inquietó siempre que la oscuridad no fuera igual de buena que la luz. En esa oscuridad descubrí el aliento del otro, los olores de ese otro, la suavidad o la rugosidad de los pensamientos; descubrí las lágrimas que se deslizan sobre las mejillas; descubrí las caricias sobre el rostro para reconocer, conocí el tacto como la mayor proximidad.

Mi primer enfrentamiento fue con la “visión”: estuve en una constante negación, en una eterna tensión entre las luces y las sombras. Preferí, durante más de veintinueve años, enmudecer, evadirme, huir, evitarme, dar la espalda y encerrarme. Creí que era mejor no verme, hasta que un día mi visión se escurrió y escapó de mí por un instante para gritar su deseo de ver.

Desde ese día dejé de odiar mi visión, porque, aunque me hacía muy débil, con su grito me dejó claro que es mi conciencia y mi mayor sensibilidad. Siempre y contradictoriamente me han fascinado las formas, las texturas, los olores, las frecuencias, las energías y las vibraciones de la vida, que están eternamente en un constante flujo, en un constante transitar, en una eterna danza en que chocan, se encuentran, se colisionan, se fusionan, se envuelven; dan origen a las formas de lo inesperado, a las formas de la carne, a cada lugar, cada borde, cada límite, cada profundidad, cada sensibilidad, cada grieta, cada singularidad, cada periferia, cada eje, cada centro y cada corazón; se conjugan para gestarse a sí mismos.

El mundo no es como lo ven ni como lo conocen, tampoco es la suma de lo que está allí afuera: árboles, flores, perros, apartamentos, rejas, buses, almacenes, calles, andenes, dedos, piernas, ojos, mujeres, hombres, niñas, niños, carros, motos; no es el océano de imágenes que se conciben a diario, cuando me hablaban de colores, formas, tamaños y texturas. Yo no puedo “ver” ni nombrar lo que aparentemente es visible para otros.

En sexto, en el colegio, nos hicieron hablar sobre nuestros padres. Dije que mi madre era ama de casa y mi padre trabajaba en una empresa de repuestos automotores. Había crecido con mis compañeros de clase y ellos sabían quiénes eran mis padres. Al terminar, uno de ellos empezó a imitarlos tapándose los ojos y simulando un bastón. “¿Por qué no dijiste que son ciegos?”, preguntó. Todos soltaron una carcajada. Sentí impotencia y rabia.

Soy una ciega que puede ver bajo otras formas. Siendo la hija de padres ciegos, mi mayor método de enseñanza ha sido la invisibilidad. Ellos me enseñaron a percibirla desde el tacto, el gusto, el olfato y el oído; me enseñaron a sentir el mundo desde la suavidad, lo áspero, lo duro, lo dulce, lo picante, lo agradable, lo desagradable, lo fuerte o lo suave que puede ser un escenario, una situación o una persona. Para mí, el sentir agudiza la vida y trasciende esos rótulos, marcas, improntas a que nos intentan someter para que encajemos social y culturalmente.

ELIANA ROCÍO TIRADO CUÉLLAR

DESPERTAR AL ALBA

Que el conductor de Uber sea un viejito charlatán está muy bien si estás nervioso por el encuentro al que te acercas. Hacer catarsis con desconocidos tranquiliza, regula la sudadera, siempre y cuando sea corto el trayecto. Y aunque con Miguel fluía la conversa, mi centro acelerado estaba por Rayareldía.

Atravesé el pasadizo del bar y la vi. Bajó la velocidad en mi pecho; tan tranqui se puso todo. Directico fui a la mesa donde estaba ella con tres chicas más y su… ¿poliamor? No sé el rótulo, de todas formas me sentía bien con ambas en la misma mesa. Y eso era raro para mí que había vivido esa situación tantas veces y siempre era igual de mierda la tensión, la angustia. Pero aquí no, nada de eso. Rayareldía se levantó no sé a dónde, así que yo me quedé sentado con mis nuevas amigas:

—¿Y tú eres monógamo? —me preguntó una de las chicas al tiempo que traía unas cervezas.

—Pues… no, pero quisiera oficialmente no serlo —contesté. —Gracias por la pola.

—¿Jejeje, cómo así oficialmente? No entiendo —contestó otra, mientras chocaba su botella con la mía.

—Pues… no lo tengo claro, pero es como que actúo y me hago el marica.

—Ahhh sí, ya. Darse cuenta es un primer paso —contestó la compañera de Rayareldía acariciándome el pelo—. Yo también soy así. Bueno, era así.

—¿Así cómo? —pregunté.

Volvió a la mesa quien me convocaba. Cambié de tema, sentí pena con Rayareldía, como si habláramos de algo malo o prohibido. Su compañera me miró con cara de no seas pendejo y soltó una carcajada con palmaditas en mi espalda que me hicieron sentir como el hombre de las cavernas:

—De las dos. Sigo actuando, pero ahora lo hago de frente, sin tanto juego chimbo.

—Wosh —fue lo único que atiné a contestar.

Tenía muchas preguntas, pero todas se fueron al carajo cuando Rayareldía me tomó de la mano. Solo con sus dedos en mi piel recordé cosas que no extrañaba, por supuesto: el dolor, la mentira, ocultar cosas. A lo que me acostumbré siendo el amante. Pero en ese momento, ni ella se hacía la marica ni yo me hacía el marica, ni su compañera se indignaba.

—Charly, ¿dormimos en mi casa?

Esa frase me sacó de la reverberación del pasado y sus espejismos. Entendí lo que mi terapeuta decía sobre la oscuridad endeble de los amantazgos, que basta solo un rayo de luz para que todo se vaya a la chingada. Veinticinco años y fin a mis frustrados simulacros, a la boba costumbre que me enseñó Disney; fin al círculo en el que el Gran Hermano me arrojó, reavivando las cenizas de tanto polvo, disfrazando el anhelado arrunchis con la adolescente arrechera porque no es cool ser tierno. Antes de contestar, giro la cabeza y desde otra mesa me saluda una amiga de mi ex. Y ahí sí que me hice el marica:

—Me encantaría dormir contigo —respondí.

Rayareldía sacó su teléfono, pidió un Uber. Su esposa hizo lo mismo. Cuando nuestro carro llegó se despidieron, también yo lo hice. Subimos al auto y nos fuimos.

El amanecer nos despertó con un brillo entre rosado y amarillo, inusual, como todo lo que vivía con esta mujer. Desayunamos en una cafetería cerca de su casa y volví a la mía. Debía escribir un cuento que pude estructurar más o menos en el regreso, casi levitando, a casa. Puritica dicha. Le di mi puesto a un habitante de calle, me aventé al abrazo cosquilleo y cuando me bajé en Universidades, ahí estaba mi celular, mi plata y todo en su lugar. Le di el dinero a la familia venezolana que pedía luca en el transmi –me gusta mucho su habladito–, me brindaron de su Manzana Postobón y me sentí más vip que en el Country Club.

En la esquina de mi edificio saludé al venezolano de las empanadas. No tenía pa comprarle; luego me paga, me dijo, con el tarrito de servilletas en las manos. Me comí una, dos, llenas de ají hasta la casa. Me recibió el celador con un tinto, lo bebí amorosamente porque no discrimino en bondades: estoy feliz. Se le nota, me dice, que bajé panza; toca cuidarse, respondo. Reímos, pide el ascensor, siento su loción amaderada de catálogo de Yanbal, detallo los hilos de su corbata. ¡Cómo se parece a mi primo! ¡No puede ser! Con razón está tan… ¡bueno!, como el apellido de mi primo.

CHARLY RED-CAMILOART

ENTRE LOBOS

La oficina me ahoga, me quita vida. Me hace sentir útil para fines totalmente incoherentes, que no llevan a ningún lado; la utilidad que solo se refleja en más ceros al lado del uno, o del dos, o de lo que sea que esté en mi cuenta bancaria. Como cualquier persona que entiende el sistema, juego bajo sus reglas y entiendo que, desde el lunes a primera hora hasta el viernes al finalizar la jornada, el tiempo no me pertenece y solo me quedan las brechas entre estos momentos para intentar vivir.

Salgo uno de esos viernes al final de la jornada a un bar cercano. Voy con Andrés, un compañero de condena. Lo cierto es que no sé cómo explicarle que, además de ser existencialista e ingeniero como él, soy marica. Y es que eso es algo que no se ve.

Quiero creer que no somos una minoría, que la mentira de que solo somos un pequeño diez por ciento es solo eso: una mentira. Abro redes sociales solo para verme reflejado en el mar de homosexuales que las inundan, que me dicen que solo entre Bogotá y Medellín podríamos fundar una nueva ciudad: Maricolandia, Homollín, Homotá, Santa Fe de Chapinero, etc. Pero la realidad también es otra, y es que, si bien no somos pocos, tendemos a agruparnos en espacios y lugares diseñados por y para nosotros. Entonces no es raro que en una oficina de trescientos ingenieros, donde doscientos son hombres, yo conozca solo tres o cuatro, sin contar a los que están en el clóset. Entonces tampoco resulta extraño que esos tres o cuatro, y yo, seamos la aguja en el pajar, y seamos aquellos que nadie percibe diferentes. Por eso Andrés no sabe que soy homosexual. Da por hecho que me gustan las mujeres porque no se le cruza por la cabeza que un marica sea ingeniero, o porque nunca ha visto un marica ingeniero.

Mi familia y amigos saben de mi amor por los muchachos, de mi homosexualidad palpitante como mi corazón. Y uno creería que eso es suficiente; pero no. Todavía en mí hay temor de que me juzguen, de que me hagan a un lado. Somos animales, así que un grupo de personas en un espacio cerrado tenderá a actuar como una manada. No quiero decir que todos son homófobos, pero es cierto que los que conforman la manada harán casi cualquier cosa por pertenecer y ser parte del grupo. Se reirán de lo que otros se ríen, apoyarán ideas de las que no estén convencidos y actuarán de maneras diferentes para ser aceptados. Lo sé porque lo he visto y lo he vivido, porque he actuado distinto para no ser devorado o excluido por la manada, porque me he sentido amenazado al escuchar chistes sobre maricas en que todos ríen menos yo, porque he escuchado sus comentarios machistas, porque he pretendido que nada pasa.

Mi pedazo de tiempo acaba rápido, mucho más de lo que desearía. Solo me separan unas horas de sueño de otra jornada que da mi vida a la rueda sin sentido. Me acuesto deseando que mañana la manada no clave sus fauces en mí, y que si llega a hacerlo, en mí o sobre cualquier otro, no pretenda que ahí no pasa nada.

MIGUEL ÁNGEL CUESTA

LLUVIA

Hace algunos años, todo en esta ciudad algo grisácea hecha de mármol pulido se llenó de agua salada. ¿Qué ocurrió? Una gran y confusa inundación. Eso fue.

Me siento algo culpable, porque aunque nadie lo sepa, el desastre comenzó por una llovizna que brotó en un instante de mis ojos, un intento por ahogar mi dolor. Luego de unas cuantas horas de esa llovizna, muy pronto convertida en aguacero ininterrumpido y creciente, el agua empezó a llegarme hasta los tobillos, y después de otras horas, hasta las rodillas. Estaba sintiendo cómo cada gota bajaba de mis ojos a formar parte de la lenta marea que ahora subía hasta mis caderas, próxima a mi ombligo, y sin embargo seguí encerrada en mis penas, tratando de sanarlas con aquella agua salina.

Las penas comenzaron con una pérdida, la pérdida de mí misma. Su raíz se encontraba en una prohibición que los mismos dioses me dejaron clara desde muy pequeña; no podía amar, no por lo menos de la forma en que mi alma lo hacía. Así que me tuve que despedir de mis amores escatológicos con un dolor que, aparte de todo, mantuve callado durante muchísimo tiempo.

Hasta que no pude más y lo escupí por los ojos, destapando una cañería que no tenía idea de cómo volver a cerrar. Lo que yo no sabía era que toda el agua había empezado a escaparse por debajo de mi puerta y lentamente, como una serpiente sedienta de víctimas, estaba arrastrándose gota a gota hasta cada rincón de la ciudad. Mojó y llenó hasta el tope lo que encontró por su paso.

¿El resultado? Mujeres y hombres nadando en mis penas. Unos muertos asfixiados por ellas, ahora convertidas en suyas.

ANA MARÍA GUZMÁN}

PARPADEOS

Tengo todo tu cabello sobre mi cara
no insisto mucho en encontrar tu rostro
contengo las ganas de besarlo
Me invade la sensación
de que desapareces en una multitud
yo intento encontrarte
con mis ojos, muchacha
nada, rostros
Con mis manos te busco
terciopelo (sí)
lana, punto (no)
siento tu piel, suave piel
que se parece a la mía
entonces te busco en mí
Y te encuentro

JULIANA LOAIZA

Tú también debes comprender

Toda acción que emprendemos se refleja en otras personas y, queramos o no, genera diferentes reacciones. Lo mismo sucede cuando revelamos nuestra orientación sexual o identidad de género diversa, y cuando la asumimos frente a quienes amamos: la noticia puede resultar positiva en algunos casos, y muy dura en otros.

Mostramos nuestra identidad sexual para sentirnos a gusto con quienes amamos, para compartir lo que somos. ¿Pero qué pasa si al escucharte, esas personas te rechazan o comienzan a sufrir? En ese momento te das cuenta de que no todas las personas ven el mundo igual que tú. Puedes tomar dos caminos: alejarte o mostrarles que no hay nada de qué preocuparse.

Esto que acabo de relatar me pasó hace un tiempo. En ese momento decidí convertir “mi salida del clóset” en un pretexto para acercarme mucho más a mi papá y a mi mamá. Fue una experiencia que me brindó algunas lecciones, y en este espacio, las quiero compartir con los lectores de DIEZ.

Intenta comprender la molestia y el sufrimiento. Como hijos e hijas nos cuesta entender que nuestra familia debe acercarse a un mundo desconocido. Los términos y las ideas de diversidad sexual son nuevos; necesitan entender y luego interiorizar.

Habla desde los sentimientos y despójate de cualquier prevención. Hazle saber a tu familia que también tú sientes temor, y que juntos podrán superarlo.

Envía mensajes claros. La persona que amas puede llegar a pensar que tu decisión es momentánea, o que tienes una confusión respecto a tu sexualidad. Deja claro que tu orientación sexual o identidad de género diversa no debe ser cuestionada, pero sí discutida para así poder afrontarla.

Busca ayuda profesional. No hay que tener dinero para encontrar apoyo; es posible hallar una organización social o una institución distrital que trabaje el tema. Tu ser querido querrá tener información; debes ayudarle a que sea cualificada y sin prejuicios.

El tiempo es nuestro aliado, e interactuar desde la cotidianidad es el mejor remedio para eliminar los temores. Con el tiempo las preocupaciones de tu familia desaparecerán. Se darán cuenta de que sigues siendo la misma persona.

Si crees que te están discriminando, hazlo saber. Tus seres queridos pueden llegar a decir cosas hirientes. Diles de manera respetuosa, así se darán cuenta del error.

No desesperes ni pierdas la esperanza. Ten en cuenta que todos y todas tenemos la capacidad de aprender cosas nuevas.

Marcial Ortega
Politólogo y pastelero

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